Todo suena a ironía, pero ello no es más que otra de las vueltas que da la realidad. Pero aunque lo que sucede tenga un halo sarcástico, no podemos olvidar que hasta hace sólo tres años, Europa era uno de los destinos envidiables de toda la emigración de indocumentados o no de jóvenes latinoamericanos, hasta que la crisis que explosionó en 2008 les ha dado vuelta la tortilla sobre la mesa del Viejo Mundo.
Es que la lenta agonía financiera de Grecia, el desplome de países como Portugal e Irlanda, sumado a la rebaja de la nota de calificación que “Standard & Poors” impuso recientemente a Francia, Italia y España, nos permite contemplar alarmados a un tipo de suerte distinta en ese mundo llamado de viejo, y en particular en la eurozona, y nos coloca como si fuésemos bucólicos espectadores en este remoto balcón meridional decorado con flores artificiales pero aun en colores de arcoíris.
Pero al separar el sorgo del trigo, vemos que esa alarma que sentimos tiene un tinte social cuando paramos para observa las catastróficas cifras del desempleo, que ya superan el 30% entre los jóvenes italianos, desbordan el 20% entre los trabajadores españoles y provocan diariamente la pérdida de mil empleos entre la población francesa. Estratosféricas cifras sólo posibles de ser comparadas con los niveles de pos guerra.
En cambio, al ser visto desde otro ángulo, se puede reparar que esa misma alarma tiene un sesgo político, cuando percibimos que casi todos los gobiernos europeos se ven obligados a fijar planes de ajuste que acentúan con creses la impopularidad de su clase dirigente, interrumpen proyectos en desenvolvimiento, recortan beneficios sociales y terminan por desencadenar un malestar general de consecuencias que, dentro de muy poco, serán imprevisibles.
En ese contexto todo, debemos incluir el caso desolador de un matrimonio de sexagenarios italianos de la ciudad de Bari, que terminó suicidándose con barbitúricos luego de siete años de sobrellevar a espaldas el desempleo y de apelar sin respuesta al auxilio de las autoridades. Pero ese no es más que un índice de la suerte que está corriendo mucha gente desvalida bajo el peso de la crisis. Sumemos a ello otros italianos, que hasta hace poco tiempo rechazaban trabajos duros para dejarlos en manos de inmigrantes balcánicos, africanos o asiáticos, pero que ahora deben aceptar hasta labores agrícolas de mayor sacrificio y escaso salario, o enrolarse como obreros de la construcción, según lo señala un flamante informe desde Milán.
Se sabe que las grandes crisis tienen, además, el efecto de un descalabro moral, porque en ellas se tambalea no solo la estabilidad económica y el respaldo laboral de la gente común, sino también ha de incluirse toda una escala de valores en la que se apoya la conducta del ciudadano, sus opciones de vida, su apego por la formalidad, su respeto de las normas y sus planes de futuro… cada vez más negro.
Del mismo modo, ya son bastante notorios los revuelos empresariales que contribuyeron a arruinar la carrera de un ex primer ministro italiano, pero últimamente a ello han cobrado divulgación otros escándalos similares que se ubican en la cima de los negocios, de la política y de las instituciones europeas. Uno de ellos es el que envuelve al presidente alemán, que se resiste a renunciar luego de conocerse su vinculación con un caso de estafa al fisco. Otro es el del directivo del Banco Nacional suizo, comprometido por manejos financieros de su cónyuge, que probablemente él aconsejó.
Otro aquelarre que ha tenido enorme cobertura periodística, es el que incluye al yerno del rey de España, y que está acusado de malversación de fondos públicos por sumas millonarias recibidas del gobierno balear y de las autoridades valencianas. Se dice que esas cantidades debían haberse volcado a la realización de congresos sobre cultura y deporte, organizados por una empresa que preside el yerno real, pero en realidad, fueron desviados a través de esa firma local y de otras radicadas en el extranjero, hacia paraísos fiscales, en provecho personal del implicado y de su socio. El caso, que conmocionó a la opinión pública española y se ha convertido desde hace semanas en el tema del día en toda la península y también más allá, se agravó al saberse que el propio monarca estaba en conocimiento desde 2006 del comportamiento de su hijo político, aunque la situación no fue difundida entonces.
Esos altibajos en la actuación de un presidente alemán, un banquero suizo o un yerno español, demuestran que también existe una crisis en la conciencia de cierta gente, en sus actitudes, en su concepto del decoro, y en el despilfarro de la imagen que ofrece ese tropel de engominados desde la posición que ocupa.
Todo indica que está desmantelándose un edificio de principios que deberían regir el papel de las figuras públicas en la fachada de una sociedad, aunque su desvío se explica un poco mejor cuando se lo confronta con las emergencias de todo orden que golpean a los países donde han brotado los escándalos. Porque la adversidad general y las presiones circundantes que derivan de ella, operan a veces como los síntomas de una enfermedad, que altera la conducta del afectado y lo debilita hasta extremos que pueden volverlo irreconocible… ¡Quizás nosotros ya nos acostumbramos con ello… ¿No?




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