En un mundo esquizofrénico donde abundan esos dobles o triples mensajes, resultan intolerables ciertas expresiones o frases hechas que intentan rescatar “valores espirituales” y que de nada sirven dichas en contextos erróneos.
Sin embargo, el impulso que ha logrado la comunicación virtual después de la Guerra Fría es acogedor; acaricia nuestros sentidos y nos embelesa bajo la credulidad de que toda la información que está en la red es suficiente para conocer, interactuar y conseguir la libertad que ninguna revolución, ni ningún líder carismático ha conseguido alcanzar desde las pinturas rupestres.
Esa comunicación virtual nos ha otorgado un cierto encantamiento y un contacto genuino con el Cosmos, haciéndonos sopesar que no somos solo sujetos fabricadores de objetos de consumo y de planes cuantificables, sino que somos seres poseedores de relaciones siderales. Nuestro cuerpo y las estrellas parece que ahora se favorecen de un mismo tipo de calcio benigno.
La cibernética, a diferencia del ciudadano moderno aun atado a la imprenta de Gutenberg, nos seduce como si fuésemos un nómada que vagabundea por la Web con el placer de la pasión inclusiva que florece con el uso múltiple del ojo, la visión y el tacto.
La certeza virtual de ser parte de la leyenda instantánea de un sueño profético que ha colaborado, en pleno siglo XXI, a echar abajo dictaduras, como sucedió en África y Asia, o por ser parte de la “aldea global” macluhaniana que nos contaminó con los “indignados”, inspirados en Stéphane Hesse, en Europa y América. Con certeza ella nos convirtió en nuevos rebeldes de la era digital.
Si bien ahora ya se debate que el mensaje es el medio, confrontando a Herbert Mcluhan, -el filósofo, profesor y teórico canadiense que influyó en la cultura contemporánea por sus estudios sobre la naturaleza y efectos de los medios de comunicación en los procesos sociales, el arte y la literatura-, por considerarlo excesivamente subjetivo y descontextualizador de la comunicación como una forma explícita que establece y recrea parámetros históricos contradictorios que reflejan sociedades autoritarias e injustas.
No en tanto, para él, la manera de percibir la realidad está en relación directa con la estructura y la forma de la información, y cada medio está relacionado a su vez con una parte de la psiquis humana.
Su obra está escrita mayoritariamente en forma de aforismos o fragmentos breves, al estilo del siguiente: “Toda forma de tecnología es un reflejo de nuestra experiencia psicológica más íntima”; y, en gran parte, su escritura está presidida por el humor: “Como la máquina de escribir, el teléfono fusiona funciones, capacitando a la telefonista, por ejemplo, para ser su propia embaucadora y madame”.
De todos modos, se percibe que en algunos países el retardo por legislar la Ley de Comunicación se da por el miedo que tiene el Ejecutivo del uso libérrimo de la diversidad de expresión, como baluarte de las diferencias sociales e ideológicas.
Ahora apelan a la objetividad de la información y pretenden penalizar la opinión a través de esos tales Consejos de Regulación, que les permita en las elecciones presidenciales venideras usar una prensa retenida y trasformada sin ninguna ética periodística, como si fuese un actor político más.
Es por ello que en esos mismos pueblos ya se oye volver a resonar las viejas frases de la infancia, pero esta vez pronunciadas por los fantoches gubernamentales que, con caras conservadoras, con barbas pseudoprogresistas o con demagogias variadas que van desde corruptos liberaloides a vomitivos tiranuelos de opereta, repite el mismo sonsonete de siempre: “Es por tu bien…” ¿No es lamentable?




Carlos Delfante
Yo creo, que más bien es por el bien de ellos, y repito palabra....
Mi abrazo de siempre.